Es el más representativo de toda una familia de bailes
populares de cortejo amoroso que dejaban amplio margen a la expresividad
espontánea de las parejas en su desarrollo coreográfico.
Aquí las formas españolas fueron remodelándose
paulatinamente, recibiendo incluso aportes de la población
esclava de origen africano. De este modo, los "Bailes de dos",
"Bailecitos del país" o "Bailecitos de la
tierra" - como se los llamó - enfatizaron su carácter
esencialmente erótico sumando a los zapateos, palmoteos,
zarandeos, palmas y castañetas españoles nuevos elementos:
incitantes contoneos neofricanos e insinuaciones pantomímicas
de recreación local. Junto con sus afines y descendientes
(El mis mis, la mariquita, el lundú,
la refalosa, la zamba y el malambo, todos de
pareja suelta e independiente, salvo el último), el fandango
ingresó a territorio paraguayo y argentino desde el Perú,
generando nuevas especies, como el Gato, que fue el más
popular de los bailes de esta promoción.
En nuestro territorio se difundió por toda el área
de antiguo poblamiento criollo: Noroeste, Centro, Cuyo y Noreste
- especialmente Corrientes - bajando desde todas áreas a
la llanura pampeana. En el Paraguay dio lugar a danzas como la palomita
- similar a nuestra lorencita - la chipenta - notoriamente
emparentada con el malambo y el gato - el cazador
- forma híbrida que consta de zapateos, avances, retrocesos
y palmas, alternando ritmo ternario y binario - y el sarandí,
por nombrar sólo algunas especies en las que el parentesco
con nuestro Cancionero Ternario Colonial resulta más que
evidente.
Aún a riesgo de caer en algún anacronismo, el fandango
puede ser considerado el verdadero padre de esta familia coreográfica
en la que las libertades y el desenfado fueron su más atractiva
característica y seguramente el principal motivo de su amplia
difusión en América.
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Rubén Pérez Bugallo: El Chamamé, Ediciones
del Sol, 1996 |
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